Desde hace unos meses siento un hartazgo permanente de las redes sociales, antes las toleraba, incluso alguna cuenta me parecía interesante, sobre todo las de ciencia, pensamiento, arte o literatura, pero, desde este verano, creo que he llegado a mi límite, porque todos tenemos un límite, aunque en ocasiones no sepamos muy bien en qué punto se sitúa ese límite. El mío es dolor de cabeza, sí, me empieza a doler la cabeza, la hiperinformación me está haciendo mal, no me dejan pensar, no me permiten meditar las cosas, no las asimilo, me produce angustia. Una angustia extraña, como vital, parecida a la que sentía de adolescente cuando pensaba que todo lo bueno sucedía ahí fuera cuando yo estaba aquí dentro. Me molesta que me griten, me molestan los colores artificiosos, la música estridente, gente que no conozco de nada hablándome cara a cara a través de una pantalla, pero ¿qué nos está sucediendo? ¿De verdad que es esto lo que deseamos?
Hace unos días estaba comprando el pan y, fuera, llovía. Un hombre de unos treinta años hablaba con su hijo pequeño. El niño miraba por la ventana, los castaños temblaban con el viento, el cielo era de un color plomizo, pesado, oscuro…, llovía mucho, se oía el agua, poco o nada iba a cambiar la situación en los próximos treinta minutos. El niño estiró la manga del abrigo de su padre y le dijo con total seguridad: “Papá, no voy a poder ir al parque a jugar, llueve mucho”, el padre sacó su móvil del bolsillo del abrigo y consultó el tiempo, lo vi perfectamente, estaba detrás, no soy cotilla, pero es que tenía su móvil a treinta centímetros. “Sí —dijo— está lloviendo, y mucho, tienes razón”. No se asomó, solo miró al dispositivo para informarse de algo de lo que él mismo era testigo.
“Nos estamos convirtiendo en esclavos de un mercado inmenso, en los peleles de un sistema que poco a poco nos está engullendo”
Creo que cada día somos un poco más idiotas, ¿no creen? Nos hemos convertido en productos, compran y venden nuestra atención, nos hacen pensar que somos libres y felices, clientes exigentes rodeados de aplicaciones, de pantallas que nos dicen, nos recomiendan, nos venden, nos alertan, nos indican, nos resuelven, nos invitan, nos aclaran, nos corrigen, nos dirigen, nos ordenan, nos coordinan, nos planifican, nos sugieren, nos ofrecen y sueñan por nosotros… ¿Es eso libertad? No, creo que es exactamente lo contrario.
Nos estamos convirtiendo en esclavos de un mercado inmenso, en los peleles de un sistema que poco a poco nos está engullendo, un opio que nos embelesa, nos atonta. Ayer mismo hice números. Calculé cuántos años me quedan para dedicar mi vida a pasear por mi barrio con el perro, leer los cientos de libros que tengo pendientes, escribir cuatro novelas más, viajar a Japón, quitarme de todas las redes sociales y vivir, por fin, en libertad…, ustedes saben a lo que me refiero. Bien, pues me quedan doce años. ¡Doce años! Doce años de autoexplotación, de entrega, de sumisión…, y mientras tanto la vida, la de verdad, sigue ahí fuera, lejos del ruido. ¿Qué estamos haciendo mal?



